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El trasfondo del conflicto en el Cauca

Viaje a la mayor fuente hídrica del país, amenazada por la guerra y por los intereses de multinacionales mineras

macizo colombiano

Por Alfredo Molano*, especial para el periódico EL Espectador.



El Macizo Colombiano es la más grande y bella estrella fluvial colombiana. Un ringlete de aguas nacientes: el Magdalena y el Cauca marcan el norte; el Caquetá corre hacia el oriente y el díscolo Patía va hacia el occidente.  Es un gran nudo de montañas, cuna de cuencas y paso de caminos. El pueblo de La Sierra, fundado tres veces, se alza en el espinazo de una loma por donde pasaba el camino real entre Popayán, Almaguer y Quito. Bolívar se veía obligado a tomarlo para no atravesar el Patía, refugio de negros cimarrones, feroces con el machete y fieles a la Corona.

A espaldas de La Sierra se ven —y se sienten— el volcán nevado de Sotará y el páramo de Vellones; al otro lado, hacia el suroccidente, siguiendo el curso del Guachicono, se abre el ardiente valle del Patía. El camino, hoy carretera, serpentea entre pliegues de la cordillera hasta La Vega, construido en un rellano donde se recupera el aliento antes de continuar hacia la “muy noble y leal ciudad de Almaguer”, fundada en 1550 como real de minas por poseer enormes yacimientos de oro; sólo uno de ellos llegó a ser trabajado por 2.000 indios y negros. La región fue minera en la Conquista y en la Colonia.

 * Sociólogo, autor de una veintena de libros sobre el conflicto colombiano y columnista de El Espectador.

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