Campesinos, narcos y humedales
El miedo de que los fueran a
desalojar de la tierra que por más de 50 años han ocupado los ronda
todos los días. En especial en las noches, cuando las sombras se toman
los humedales del corregimiento de El Garzal, en el sur de Bolívar.
Cuando las luces se apagan, las más de 300 familias afilan el oído,
hurgan en los ruidos de la noche en busca de alguno que los alerte de
que el momento ha llegado. “Cuando los perros ladran no podemos dormir.
Tenemos miedo, miedo de que entre la maquinaria que nos quiere sacar,
miedo de que lleguen los hombres armados de la familia Barreto, miedo de
perder lo único que tenemos: la vida y la tierra”, dice Don Pedro*, un
viejo de 66 años, nacido y crecido en la comunidad de La Nueva
Esperanza.
El Garzal es un corregimiento de 11 mil hectáreas que
pertenece al municipio de Simití. Está situado a las orillas del río
Magdalena, a dos horas de Barrancabermeja y a pocos kilómetros de San
Pablo y Monterrey. Son tierras cenagosas y empantanadas, sus pobladores
han vivido desde hace décadas de la pesca y la agricultura de pancoger.
Sin embargo, es una zona que ha sufrido el paso de todas las violencias:
la de las guerrillas, la del narcotráfico y la del paramilitarismo.
Hoy, esta región es codiciada por la ganadería, la palma africana y el
petróleo.
Escrito por Alfredo Molano Jimeno/enviado especial, periódico El Espectador
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